Como todos los Domingos por la tarde, me dirigía a casa de mi novia para salir juntos a dar una vuelta. Entré con el coche en su calle y me paré en la esquina de arriba. Había una vecina de ella en la acera de enfrente, pero no le presté atención. Mi novia se asomó por la ventana y me dijo que ya bajaba. Al rato, la vecina cruzó la calle para ir a su casa y … joder, llevaba una camisa violeta apretada y unos pantalones a juego que realzaban su más que atractiva figura. Antes nunca me había fijado en ella, pero desde ese día, no hago otra cosa. Sus pechos eran tan redondos y firmes, que no pude dejar de mirarlos por un momento. El frío mantenía erizados sus pezones, lo que me excitaba todavía más. La blusa era un poco transparente, y dejaba ver esa zona mas oscura de sus pechos con poca dificultad, aumentando mi excitación. Sus 18 años me parecieron suficientes, y comence a mirarla. Cada vez estaba mas nervioso, en parte por su mirada y por saber que mi novia bajaría de un momento a otro. Pero qué niña, qué pechos, qué labios, qué pedazo de culo, … En ese momento se abrió la puerta del edificio y salió mi novia, por lo que tuvimos que apartar nuestra mirada. Ella, sin embargo, se dió la vuelta y comenzó a cuchichear con su amiga, que acababa de llegar. Se echaron a reir y mi novia les dirigió una mirada un tanto asesina. Al entrar en el coche, me dijo: “esa niña es una pedazo de guarra …” “La verdad es que sí, cariño”, le dije yo. Cerró la puerta, y al irnos, nos dirigimos una última mirada, muy fugaz, pero que significaba muchísimo.



