Mi historia comenzó durante un curso que impartían en mi trabajo, uno de esos aburridos cursillos de empresa que hay que tragarse si no quieres que te pongan en la lista negra. Para variar me perdí y llegué tarde, todo ello sumado a mis pocas ganas de asistir, me puso de mal humor. Cuando llegué ya todos estaban sentados en su sitio, y el profesor dispuesto a empezar. Todos me miraron cuando entré por la puerta y para colmo apagué la luz sin querer. Entre risas examiné la sala en busca de un sitio donde sentarme. Solo quedaba uno, justo al final, en la esquina, al lado de una gorda que creo que se llamaba Paula. La recordaba de vista, de pasar por la oficina de un lado para otro, aunque no había hablado una sola palabra con ella.
Me abrí paso entre la gente como buenamente pude y conseguí sentarme en mi sitio a trompicones. Cuando me senté, noté como mi compañera me dedicaba una agradable sonrisa, y yo le correspondí de la misma forma. Aquello hizo que me fijara un poco en ella. No era el tipo de tía que rompe, puesto que estaba demasiado gorda, pero no era fea, por el contrario tenía el pelo largo y rubio, iba bastante arreglada, unos ojos marrones claros y la piel morena, como recién salida de los rayos uva. Olía a perfume caro del corte inglés. Tiene estilo, no cabe duda, pero lo que más destacaba de ella eran sus enormes tetas, que se distinguían a través de su jersey ajustado. Aparentaba tener unos 35 años, quizá este casada, pensé.



